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HACIA EL XXVI CAPÍTULO GENERAL | 5

Publicado Noviembre 11, 2020

Por ClaretianosMX

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“Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

Mt 5, 14-16

Queridos hermanos,

 

El 24 de octubre concluimos el 150 aniversario de la Pascua de nuestro Fundador San Antonio María Claret de una forma sencilla y austera con un pequeño grupo de personas en Vic España. Me hizo pensar en el sencillo funeral de nuestro Fundador en aquel 27 de octubre de 1870 en la Abadía de Fontfroide, Francia. Sin embargo, muchos de ustedes pudieron seguir la transmisión en vivo de la vigilia y demás celebraciones desde Vic vía online. Para nosotros, el año jubilar fue una oportunidad para profundizar en el espíritu de nuestro Fundador y renovarnos en él. Este jubileo ha sido para nosotros una antesala providencial del próximo Capítulo General.

Estuve en Vic con el Padre Gonzalo, Vicario General junto al sepulcro de nuestro Fundador llevándolos a todos en el corazón. La plática simbólica que tuvimos con él durante la vigilia se extendió en los días siguientes. Me gustaría compartir algunas de mis mociones interiores al contemplar la vida de nuestro Fundador. Puse a sus pies también algunas peticiones para que toda la Congregación resalte y dé muchos frutos en nuestro tiempo. 

Las dos “grandes gracias”[1] que nuestro Fundador recibió en el más duro momento de su vida son también preciosas para nosotros. La primera fue la presencia eucarística que experimentaba en todo momento, sobre todo al compartir su vida. Necesitamos superar la distinción dualista entre el tiempo de Dios y el nuestro, lo mundano y lo piadoso, la vida en la capilla y fuera de ella, quedándonos sólo con un tiempo y una realidad sacramental de gracia invisible que guíe nuestra vida y relaciones visibles. Sin esta dimensión sacramental, nuestra vida consagrada sería como un cuerpo inerte, un cadáver. Que el Señor nos conceda la gracia de ser íconos de su presencia viva entre la gente.

La segunda enorme gracia de nuestro Fundador fue el don del perdón hacia quienes le causaban daño. Su firme convicción ante la propuesta evangélica lo llevó a ser odiado por algunos que hicieron de todo para ensuciar su nombre e incluso procurar su muerte. El don del perdón fue una inmensa gracia en continuidad con la gracia sacramental de la presencia de Jesús en su corazón. La alegría de un corazón perdonado y que perdona genera vida. Cuando un misionero vive con el corazón quebrantado y consiente en él rencores y odios, se convierte en víctima de las artimañas del diablo. Nuestra preparación para el Capítulo General debe convertirse en un itinerario de reconciliación y perdón entre nosotros y con aquellos a quienes servimos. Mientras más liberado tengamos el corazón, estaremos más disponibles para acoger a Dios y su gracia en nosotros.

Ante el sepulcro de nuestro Fundador, hice 5 peticiones al Padre por medio de su intercesión para nuestra congregación. Quiero compartir con ustedes la primera que es muy relevante para nuestro itinerario de preparación al Capítulo. Pedí por la gracia del testimonio o ser testigos de comunión. Éste es el regalo que más precisamos hoy siguiendo la llamada del Papa en la encíclica “Fratelli tutti”.

¿Qué quiero decir con “testigos de comunión”? La comunión “koinonía” es un regalo, como un diamante de numerosos y espléndidos biseles, partes de una sola pieza preciosa. Testificar la comunión es basar el cúmulo de nuestras relaciones en el amor de Dios por cada uno y por toda la creación.

El centro de la comunión es el amor de Dios que conecta y ciñe todas nuestras relaciones. Un misionero cuyo corazón no está arraigado en Dios cojea en todas sus relaciones, incluso si ha profesado vivir para Dios y amarlo con todo el corazón, mente y voluntad. Creo que nuestra intimidad con el Señor atraviesa también etapas que implican cambios de un “hago cosas para Dios” a una etapa en la que descubro que es “Dios quien verdaderamente obra por medio de mí”. Incluso, toda relación -también con Dios- se legitima ante la prueba.

La vida comunitaria es el siguiente nivel de la comunión auténtica. Cuesta vivir con personas de diferentes tipos de carácter, mentalidad, temperamento y tendencia ideológica. Como en una orquesta, vale la pena esforzarse por la comunión fraterna y la misión comunitaria. He sido testigo de momentos en los que la gente se sorprende y a su vez aprecia el hecho de que hermanos nuestros de diversos orígenes, tradiciones y culturas vivan juntos y compartan su vida y misión. De hecho, la comunión en comunidad es una sinfonía del amor evangélico ejecutada por el corazón de sus miembros que debemos dominar bien como misioneros. Es triste ver a grandes misioneros que no pueden orquestar sus dones en sus comunidades o comunidades que no se regocijan ante sus dones. Cuando cada uno custodia el territorio de su autoridad y ministerio como jactancioso león que no comparte ni deja nada a los otros, dificulta la comunión fraterna. Recuerdo una anécdota de un admirador que alababa la naturaleza encantadora de un claretiano talentoso y popular en el pueblo, un humilde hermano de su comunidad le preguntó: “¿ya viviste con él en comunidad?”.

Un proverbio africano dice: “Si quieres ir rápido camina solo, si quieres llegar lejos ve acompañado”. Un misionero solitario tal vez se desempeñe bien y rápido, pero le inquieta aflojar el paso para dejarse acompañar por sus hermanos. Ésta es una verdadera tentación para algunos de nosotros. Necesitamos el modelo de orquesta de tal manera que ofrezcamos juntos algo hermoso al mundo para gloria de Dios. Hay comunidades laceradas, abatidas por el “fuego amigo” por la incapacidad de sus miembros para sentarse a dialogar y proyectar juntos su misión poniendo en común dones y talentos. Da tristeza encontrar hermosas misiones heridas y discapacitadas con comunidades tan laceradas. No sólo se lastiman a sí mismas, sino también a Dios y al pueblo. El culto de la cultura moderna a la libertad individual y a la privacidad hace que la cohesión comunitaria sea todo un reto. La comunión fraterna en comunidad es una misión en sí misma. Ésta es una gracia que pedí al Señor por intercesión de nuestro Fundador. Es fácil sembrar división en las comunidades en nombre de ideologías, región, tribu, cultura, casta y tradición, pero difícil reparar los vínculos que se rompen. Necesitamos ejercitarnos para ensanchar nuestros corazones en aras de integrar la diversidad de perspectivas e intereses en la unidad de nuestra vida y misión claretianas, así las diferencias se tornarán en bendiciones.

Un tercer nivel de comunión es el que se da entre varios carismas y formas de vida dentro de la Iglesia y en la sociedad. La mente divisoria que escinde al mundo entre "nosotros" y "ellos" o “lo nuestro” y “lo suyo”, entre laicos y clérigos, diocesanos y religiosos, católicos tradicionalistas y liberales y otras diferencias inventadas, nos convierte en peones del maligno que como león rugiente -nos dice San Pedro en su carta- ronda buscando a quien devorar (1 Pe 5, 8). No seremos cómplices del diablo para destruir la fraternidad humana. Nuestro corazón debe poder abrazar a toda persona humana, independientemente de su religión, cultura y raza, y a toda la creación con un sentido de fraternidad.

Aunque el Covid-19 es un motivo de preocupación para nosotros, veo que la gente se está acostumbrando a su presencia en la sociedad como miembro del clan de los virus. El saberlo presente nos ayuda a tomar precauciones. Me preocupan mucho más los virus de la violencia, la división y fragmentación en la sociedad que han tomado expresiones concretas en los últimos tiempos. Pensemos en los recientes sucesos de masacres sin sentido en Francia, Austria o en otras partes del mundo. El Evangelio del amor y la fraternidad universal de los seres humanos es la cura contra la violencia y la división. Practiquemos conscientemente el testimonio de comunión abriendo nuestros corazones al amor sanador y a la vida del Señor Resucitado mientras caminamos como misioneros con espíritu.

 

Dios los bendiga a todos.

P. Mathew Vattamattam, cmf

Superior General

 

Traducción al español: Reinel Maya

[1] Aut. 694: “En el día 26 de agosto de 1861, hallándome en oración en la Iglesia del Rosario, en La Granja, a las 7 de la tarde”.

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