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REFLEXIÓN DEL DIARIO BÍBLICO

Publicado Noviembre 11, 2018

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Primera lectura: 1Re 17,10-16: 
La viuda hizo un pan y se lo dio a Elías
Salmo: 145: 
Alaba, alma mía, al Señor
Segunda lectura: Heb 9,24-28: 
Cristo se ha ofrecido una sola vez
Evangelio: Mc 12,38-44: 
Esa pobre viuda ha echado más que nadie

38 En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la multitud y les decía: Cuídense de los letrados. Les gusta pasear con largas túnicas, que los saluden por la calle, 
39 buscan los primeros asientos en las sinagogas y los mejores puestos en los banquetes. 
40 Con pretexto de largas oraciones, devoran los bienes de las viudas. Ellos recibirán una sentencia más severa. 
41 Sentado frente a las alcancías del templo, observaba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. 
42 Llegó una viuda pobre y echó unas moneditas de muy poco valor. 
43 Jesús llamó a los discípulos y les dijo: Les aseguro que esa pobre viuda ha dado más que todos los demás. 
44 Porque todos han dado de lo que les sobra; pero ésta, en su indigencia, ha dado cuanto tenía para vivir.


Comentario

Las viudas, junto con huérfanos y extranjeros, eran las personas menos favorecidas de la sociedad reflejada en el mundo de la Biblia, y por eso las protege la legislación. El relato de Elías parece abusivo por las circunstancias que comporta. Solicita lo impensable. Y aquella solicitud insistente alcanza satisfacción. El relato ilustra el punto de que Dios no se queda sin corresponder la generosidad extrema. La compensación que viene de Dios es exuberante. Algo similar ilustra el evangelio, con la salvedad de que no se cuenta el socorro divino; el desenlace queda pendiente, quizá porque el lector debe abrir los ojos y buscar a su alrededor a una viuda indigente.
La sobrevivencia humana pasa por varios niveles. El más básico es el la subsistencia fisiológica que antes se resumía en “casa, vestido y sustento”. Pero hay que sumar a ése el de la estabilidad social que se concreta en empleo, salud, educación, y seguridad. Uno más es el del nivel entretejido con los previos que incluyen satisfactores de afecto, libertad, comunicación y los de reconocimiento social, de realización personal y familiar, y del ejercicio de los derechos sociales. El espectro de las necesidades y correspondientes satisfactores aunque es muy amplio, cada cual tiene diferente nivel de urgencia o apremio. Esto empuja necesariamente a otra cuestión.
De una ingenua concepción de que los bienes se distribuyen providencialmente, para que a nadie le falte lo necesario, y de que los estratos sociales privilegiados proveen a los desfavorecidos, se ha pasado a una visión más crítica y realista de que los bienes tienen un destino universal, es decir, de que pertenecen a todos los seres humanos, en alguna medida. El Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, 171, recoge esta convicción de manera genial. Establece que los bienes deben llegar a todos en forma equitativa bajo el imperativo de la justicia y de la caridad, “sin excluir a ninguno y sin privilegiar a nadie”. Esa es la canalización de la Divina Providencia.
La participación en el Espíritu de Cristo convierte a cada bautizado en celador del destino universal de los bienes. El cristiano no puede cerrar los ojos, ni cubrirse los oídos ni permanecer callado ante las injusticias que padecen grandes sectores de la humanidad. Habrá que sumarse a los esfuerzos de personas y organizaciones para erradicar la pobreza y la marginación. En esta lucha, va quedando más y más claro que el papel de la comunidad es decisivo. Una prioridad comunitaria es implementar un sistema educativo que sostenga y fomente no solo la creación de riqueza material e industrial, sino también la cultural, intelectual y ecológica. Todos los bienes para todas las personas.

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