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HOMILÍA EN LA MISA DE INHUMACIÓN DE LOS RESTOS DEL P. ROMÁN ÁNGEL MORENO HERRERA, CMF

Publicado Noviembre 05, 2018

Por P. Enrique Mascorro López, cmf

HOMILÍA DEL P. ENRIQUE MASCORRO LÓPEZ, SUPERIOR PROVINCIAL DE LOS MISIONEROS CLARETIANOS DE MÉXICO EN LA MISA DE INHUMACIÓN DE LOS RESTOS DEL P. ROMÁN ÁNGEL MORENO HERRERA, CMF

Quiero darles la bienvenida a todos, y especialmente, a los familiares del P.  Román Ángel.

He querido compartir esta celebración, y sobre todo la oportunidad de ser testigos de dónde quedarán sus restos, por si en el futuro quieren traerle flores u ofrecerle alguna oración; sepan que es también el lugar donde están los restos de algunos misioneros claretianos.  En principio tenía pensado trasladar sus restos a Morelia, sin embargo, considerando que aquí en la CDMX un buen número de claretianos compartimos la misión y que las tres comunidades aquí constituidas y además la de Toluca, cada año -el lunes más cercano al 2 de noviembre- venimos a hacer la visita a nuestros hermanos misioneros difuntos, por eso la decisión de depositar aquí sus cenizas.  Además, les comparto que esta visita anual, más que una tradición, es una decisión de reunirnos como misioneros, para compartir, para estar con ellos. Tengan, esta fecha, por lo pronto, en consideración por si en el futuro quisieran acompañarnos a compartir esta oración por ellos.

La imagen que guiará la reflexión es la de la mesa compartida, haciendo referencia al evangelio, “cuando invites a alguien a comer…”, la mesa es el lugar donde mejor se puede intimar con el otro; se pueden compartir los alimentos, pero, sobre todo, se comparte el corazón, se comparte el diálogo, nos compartimos. No es raro que, cuando hay comunión entre nosotros, nos pasemos horas en un domingo compartiendo la mesa con la familia o con los hermanos de comunidad. Cuando hay comunión, compartir la mesa es un momento muy especial donde vivimos esta comunión.

No es extraño que Jesús haya escogido la mesa “cuando quieras compartir la mesa, no invites solamente a los familiares, amigos, aquellos que te lo regresarán…”, pronto querrán ponerse el corriente contigo en la misma generosidad. Cuando habla de invitar a los pobres, paradójicamente se habla de alguien que te puede ofrecer una riqueza inigualable, que se acerca con un corazón de pobre a la mesa, que indudablemente permite compartir lo más profundo del corazón, lo más profundo de la vida. Al compartir, si no vamos con esta actitud de pobre, y si no nos acercamos al otro también viendo paradójicamente en su pobreza la riqueza, estaremos lejos de ser testigos de la obra que Dios va realizando en sus personas y que nos puede a nosotros de muchas maneras enriquecer.

Decía el Papa Francisco en su visita a Chile: “Es fácil, no nos cuesta mucho dar de comer a los pobres. Es mayor reto compartir nuestra mesa con ellos”. Así que no se trata solamente del alimento físico que sacia el hambre, sino de compartir el espacio y en ese lugar sagrado, advertir la riqueza de aquel pobre  que pasa inadvertido ante nuestros ojos. No solamente es el sentido de compasión con el que permito acercarse a un pobre o por el que me acerco a un pobre, sino que, es sobre todo un lugar teológico, lugar donde Dios se manifiesta y donde nos maravillamos muchas veces cuando, después de compartir la mesa con ellos, no percatamos de la riqueza que nos dejan.

Y esto para los Misioneros Claretianos es hacer memoria de nuestra misma misión; cuando hemos estado en lugares, con personas, con familias pobres; cuando hemos compartido la mesa con alguien, sabemos que nuestra vocación misionera encuentra un pleno sentido y una profunda sabiduría.

Si hacemos memoria de nuestros misioneros, cuyos restos están aquí presentes, podemos advertir la profunda sensibilidad de muchos de ellos, si no es que podemos decir de  todos ellos. La sensibilidad para descansarse ante aquel necesitado, pero para descansarse ante aquella riqueza tan digna. Particularmente, pensando en Román Ángel, nos dejó ese bello testimonio de descansarse ante aquella comunidad de idilio que, hasta el final, todavía nos deja este reto de seguir pensando en aquella montaña que, al decir de él, “me robó el corazón”. Después les robaron el corazón los niños de NIEV, Niños con Ilusión y Esperanza de Vivir.

En esta semana pasada que visitaba a los NIEVs, en Chalco, todavía los jóvenes, con esa reverencia y con ese gusto y cercanía con que lo recuerdan; algunos de ellos todavía con una voz entrecortada encontraban su sorpresa ante su inmediata o repentina partida. Y es que, quien decide compartir la mesa con un pobre -vuelvo a decirles-, es la persona que tiene en su corazón una riqueza que dondequiera la evidencia; en su lenguaje, en su actitud, dondequiera que está.

Podríamos pensar en otros misioneros de quienes hacemos memoria; podríamos pensar en nuestros seres queridos; hoy, precisamente mi madre está cumpliendo 18 años en que nos tocó despedirla, exactamente un 5 de noviembre, algunos de ustedes, aún jóvenes, fueron a acompañarme a aquel momento de entrega, de solidaridad. Pensemos en nuestros familiares, también a cuántos de ellos seguimos recordándolos con esta gratitud, con esta alegría.

Vuelvo a decirles, sentarse a compartir la mesa con el pobre, habla de una profunda sensibilidad, de una profunda espiritualidad. Solamente con unos lentes diferentes, una mirada diferente, podemos ser testigos de la riqueza de Dios en el corazón, en el rostro del otro. Pero para poder advertir esta riqueza no podemos sentarnos en un lugar elevado, distinto a ellos. También tenemos que sentarnos con este corazón de pobre, sentirnos pobres, sentirnos necesitados, sentirnos descalzos ante la presencia de este misterio de Dios, de esta alegría de Dios en la otra persona.

A los jóvenes que desde ahora están formando su espíritu misionero. Seguro que para ustedes hay referentes, hay modelos; seguro que en ustedes ya se va presentando esta memoria, esta sorpresa de ver misioneros a los que ustedes hoy pueden admirar. También nosotros queremos admirar en ustedes este corazón de pobre, que sabe compartir, que sabe sorprenderse en la diversidad y la generosidad del otro.

¿Qué les parece si hacemos un momento de silencio?, Y propiciamos un espacio de recogimiento, para hacer memoria de aquellos por los que nos venga hoy un recuerdo, una actitud, una acción, una palabra; recordemos aquellos rostros de Misioneros Claretianos, de nuestra familia sanguínea, también de los que comparten la misión, esta misión compartida... y después podemos agradecer al Señor por este testimonio que inspira nuestro camino hacia el Reino, hacia el Padre.

 

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