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ORDENACIÓN SACERDOTAL DE VICENTE CANCINO

Publicado Diciembre 11, 2018

Por P. Enrique Marroquín Zaleta, cmf

La consagración sacerdotal -para los religiosos de congregaciones misioneras- no tiene la misma importancia que para los diocesanos, ya que fue el día de nuestra Profesión Perpetua cuando realizamos nuestra consagración a Jesús y a su Reino.

Sin embargo, este sacramento concretiza un estado de vida de la mayoría de los misioneros claretianos: un ministerio para servir al pueblo de Dios, otorgando la gracia sacramental y el servicio de congregar a las Comunidades cristianas, desde su núcleo eucarístico. Por tal razón, la Ordenación Sacerdotal representa para los misioneros jóvenes, un hito, un ritual de pasaje, que finaliza la etapa de “formación inicial” e inicia nuestra misión ministerial. Por eso, Vicente, ya desde Venezuela se había estado preparando con mucho entusiasmo a ella.

Decidió recibir este sacramento en su pueblo natal, ubicado hasta la frontera misma de Chiapas (de hecho, su pueblo se llama Frontera Hidalgo, colindando con el río Suchiate que marca el límite territorial). Cerca del poblado, está el rancho de Los Ordóñez –unas 40 HAS-, donde todos los hijos del abuelo, Don Arcadio, fincaron sus respectivas viviendas. “Paradisíaco” sería el calificativo que más le cuadra a este lugar: cuajado de flores, altos árboles frutales o de sombra, aves tropicales, agua abundante y calor. Me hospedé con sus tíos, Carlos y Adindra, excelentes personas. El tío Carlos es militante, tanto en la Iglesia como en la vida social; buen organizador, coordina a varias iniciativas de organización de trabajo comunitario de los campesinos de la región. La paradoja: siendo Chiapas un Estado tan pródigo y rico en recursos, y con una población culturalmente indígena, con su rico sentido comunitario y organizativo, sea al mismo tiempo el Estado más pobre del país. Esto se comprobó días antes, cuando la ola migratoria de Centroamérica pasó por la región a la que rápidamente improvisaron su atención: “Heroica Tapachula”, la calificó un obispo, dando fe de la capacidad de organización y de solidaridad con que los habitantes acogieron a sus hermanos allende las fronteras.

Escoger este lugar fue acertado para que una familia numerosa como la suya pudiera estar presente en este acto, vivido intensamente por ella. Sin embargo, después pudieron verse algunos inconvenientes: la distancia no le permitió al ordenando controlar todos los detalles, a pesar de que la idea fue bien acogida por el párroco, sobre quien recaería buena parte de la organización. Este sacerdote se preocupó de que todas las comunidades que componen la parroquia estuvieran presentes. Vicente había propuesto darle al evento un toque vocacional, reforzando la ordenación de un presbítero de la diócesis el año anterior (Vicente sería el segundo sacerdote oriundo del pueblo); pero finalmente se impusieron las ideas del párroco y dicho enfoque quedaría disminuido. El obispo ordenante, Don Jaime Calderón Calderón, es oriundo de Zamora y fue profesor de la Universidad Pontificia. Sencillo y bien preparado, fue nombrado obispo ordinario de Tapachula seis meses atrás; pero siendo participante del Sínodo de Roma, hizo apenas dos meses que comenzó su ministerio.

La ceremonia tuvo lugar en la plaza principal del pueblo, un jardín frente al municipio y la parroquia. El espacio estaba techado, sin paredes, para que corriera el sabroso aire fresco, donde se colocaron unas 500 sillas alquiladas. Allí nos fuimos congregando amigos de Vicente, entre los cuales, cinco claretianos (Enrique Mascorro, el Buzo, Willy, el indio Paulos y yo. Nos acompañaron, además, otros diez sacerdotes jóvenes que componen la foranía. Justo al mediodía los sacerdotes hicimos nuestra entrada en el enorme presbiterio en que se convirtió el auditorio municipal, y encontramos en nuestras sillas, sendas toallitas, amablemente ofrecidas para limpiarnos el sudor. La liturgia fue impecable, debido al rigor del liturgista de la diócesis, uno de los pocos sacerdotes mayores, oriundo de Guadalajara. Todo en perfecto orden, con un coro de jóvenes de la parroquia. Paulus –el indio de la Provincia de Norteamérica y actualmente huésped de la Comunidad-- fue quien leyó el Evangelio, en un perfecto castellano, casi sin acento.

El sermón del obispo, quizás un poco largo; pero con mucha coherencia y profundidad, comentó el pasaje elegido por Vicente de la entronización de San Pedro, con la frase inspiradora: “Señor, tú sabes que te quiero”, piadoso testimonio que podríamos rubricar quienes lo conocemos. Así se iniciaba el ritual propiamente dicho, cuando el obispo preguntaba sobre la idoneidad del candidato. Nuestro padre Provincial respondió afirmativamente, conforme a los informes y consulta a compañeros y feligreses. Posteriormente habría de ampliar su respuesta exponiendo algunos rasgos característicos de nuestro hermano: su alegría, su disposición de servicio, su entrega. Momento impactante del ritual de la ordenación presbiteral es el de las letanías, cantadas por unas Religiosas Catequistas de Jesús Crucificado, de Guadalajara. El ordenando, postrado totalmente en la alfombra, pudo sentir la intercesión de algunos santos representativos de grupos, entre los cuales escuchamos los nombres de Antonio Ma. Claret y de nuestro nuevo santo San Oscar Arnulfo Romero. Finalmente, la Ordenación sacramental propiamente dicha, con toda la emoción contenida de la gente. Hubo, sin embargo, algo que nos molestó a los claretianos presentes. El maestro de ceremonias no nos permitió imponerle las manos a nuestro hermano que se ordenaba. Los argumentos litúrgicos suelen ser siempre subjetivos, pues es fácil encontrar justificación para cualquier rúbrica. Alegaba que al ser en Tapachula la Ordenación, era el presbiterio de la Diócesis quién lo ordenaba y entregaba a la Congregación. Más tarde yo pregunté al obispo la razón. El me respondió que no era idea suya, sino del liturgista, a quien no conocía, y añadió: “como dice el Papa Francisco, “es más fácil dialogar con un terrorista que con un liturgista”.

 Después de la ceremonia, que aunque algo larga, ninguno la sentimos así, la familia de Vicente invitó a la gente a comer la vaca que ella donó, mató y preparó. A los sacerdotes el párroco nos acomodó dentro del curato, con diversas viandas preparadas por la gente. A la nochecita, después de una intensa jornada, la familia de Vicente nos invitó a quienes llegamos de fuera (claretianos y algunos amigos) a una cena y convivencia. Al día siguiente fue la Cantamisa, en la capilla de La Candelaria, una ranchería cercana, para la cual mataron otra res. En ella, ya sin la presencia del párroco ni del corset rubrical del día anterior, Vicente se despachó a sus anchas, con el entusiasmo propio de todo cantamisano.

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