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SI QUIERES LA PAZ

Publicado Julio 18, 2019

Por P. Domingo Vázquez Parra, cmf

“Así pues, el que desee la paz, que se prepare para la guerra. Quien quiera conseguir la victoria, que entrene a sus soldados con diligencia. Quien aspire al éxito, que luche con estrategia, y no lo deje al azar. Nadie se atreve a provocar u ofender a quien ve como superior en el combate”.
De re militari (De los asuntos de la milicia)

Con esta filosofía o modo de pensar ha transcurrido prácticamente la historia de la humanidad desde antes de Cristo y después de Cristo, es decir, hasta nuestros días. El olor a pólvora es como un adictivo que muy frecuentemente incentiva a la violencia, con su trágico efecto: dolor y muerte.

 “Si vis pacem para bellum”, “si quieres la paz, prepárate para la guerra” decía la antigua Roma: es decir, que la paz dura el tiempo que media entre una acción bélica y la siguiente. Desde este punto de vista, la paz es un espacio inconsistente como nube que cambia de forma según los vientos que soplan, sean éstos económicos, territoriales, raciales, religiosos, vecinales, familiares, y, modernamente, hasta guerras informáticas, etc.

En suma, la paz, uno de los más grandes anhelos del hombre en la vida, parece ser, al mismo tiempo, la más frágil y quebrantada realidad. Dice el dicho: “Dime de qué tanto hablas, y te diré de qué adoleces”: ¡Amor y paz! ¡Amor y paz! Pero no basta con discursos, proclamas y vuelo de palomas blancas. La paz es, antes que nada, una Bienaventuranza, don y tarea al mismo tiempo.

La paz, como Bienaventuranza

La paz, antes que trabajo, es un don. El año 2007, Benedicto XVI en su mensaje para la jornada mundial de la paz, afirmaba: “La paz es al mismo tiempo un don y una tarea. Si bien es verdad que la paz entre los individuos y los pueblos -la capacidad de vivir unos con otros, estableciendo relaciones de justicia y solidaridad- supone un compromiso permanente, también es verdad, y lo es más aún, que la paz es un don de Dios…”.

Es Dios, no el hombre, el verdadero “Agente de la paz”. Con razón los que se afanan por la paz son llamados “hijos de Dios”: porque se asemejan a Él, le imitan, hacen lo que hace Él.

La Escritura habla de la “paz de Dios” (Flp 4, 7) y, más a menudo aún, del “Dios de la paz” (Flm 15, 32). Paz, por lo tanto, no indica sólo lo que Dios hace o da, sino también lo que Dios es… Si Dios, históricamente, Cristo resucitado, es la fuente verdadera de la paz cristiana, ser agentes de paz no significa inventar o crear la paz sólo a través de estrategias humanas, sino trasmitirla, dejar pasar la paz de Dios y la paz de Cristo “que supera toda inteligencia”. “Gracia y paz de parte de Dios, Nuestro padre, y de Jesucristo el Señor” (Rom 1, 7). (R. Cantalamessa: Las Bienaventuranzas del Evangelio).

Una paz, como la que Cristo vino a traer al mundo y dejó como herencia a sus seguidores no es cualquier paz. La paz que nos regaló Jesús de Nazaret no es sólo ausencia de tensiones y conflictos; tampoco una simple sensación de tranquilidad interior. El que trabaja por la paz, según Cristo, lo hace con frecuencia en medio de conflictos que pretenden, como vientos huracanados, apagar la llama de fervor que le anima. En este sentido es que Jesús afirma: “no vine a traer la paz, sino la guerra”. Por eso, los que trabajan por la paz casi siempre lo hacen en medio de luchas y contrariedades, cárceles e, incluso, exponiéndose a la muerte, pero también luchando esforzadamente contra las propias inclinaciones morbosas, como nos lo hace saber Santiago en su Carta, 3, 16-18: “Donde hay envidia y ambición, allí reina el desorden y toda clase de maldad. En cambio, la sabiduría de arriba es en primer lugar intachable, pero además es pacífica, tolerante, conciliadora, compasiva, fecunda, imparcial y sincera. En resumen, los que promueven la paz van sembrando en paz el fruto que conduce a la salvación”.

Si el mensaje de Benedicto XVI afirma que la paz, además de don, es también tarea, entonces esta séptima bienaventuranza es la única que invita no sólo a trabajar por alcanzar la paz personal, sino también a trabajar, procurar y promover la paz de nuestro entorno social: una acción por demás carismática, noble y arriesgada.  Ejemplos tenemos en abundancia entre hombres y mujeres que se sintieron alcanzados por la fuerza del Espíritu y lucharon sin descanso por la paz, como Teresa de Calcuta – Mahatma Gandhi – Nelson Mandela – Martin Luther King – Rigoberta Menchú, y otros miles de insignes defensores de la paz, no todos premio Novel, pero sí igualmente comprometidos con la causa, pues, no lo olvidemos, es don y tarea no de unos cuantos, sino de todo hombre y mujer de buena voluntad amantes de la paz.

“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9).

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