LA MIGRACIÓN EN EL PUEBLO DE ISRAEL

Publicado Febrero 18, 2020

Por P. Luis Mario González Segovia, cmf
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"No oprimirás al extranjero, porque ustedes conocen los sentimientos del extranjero, ya que ustedes también fueron extranjeros en la tierra de Egipto”. Ex. 23,9

La migración es un hecho común y constante en la historia de la salvación escrita en la Biblia. Está presente desde el momento mismo de la formación del pueblo hebreo como tal, hasta la comunidad de cristianos que se consideran como peregrinos en esta tierra; pasando por migraciones voluntarias o violentas, forzadas por imperios o por el hambre. Hasta Jesús, el Hijo de Dios tuvo la experiencia de inmigrante, pues desde niño experimentó el desplazamiento (cf. Mt. 2,13.23).

Todo el Antiguo Testamento es una palabra dirigida a emigrantes y exiliados, a gente que conoce por experiencia la dureza de ser extranjero o emigrante forzoso.

En el capítulo 23 del éxodo continuamos viendo las leyes que Dios entregó a Moisés en el Monte Sinaí, para que se las transmitiera al pueblo de Israel. Leyes de orden social, que nos enseñan a convivir de una mejor manera con nuestro prójimo. “Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto...” (Dt 26,5). Así se identifica Israel en una de sus profesiones de fe más antiguas. Abraham fue un extranjero perpetuo, carente de tierra propia y establecido de por vida en una sociedad a la que no pertenecía. Su historia es la de alguien en apariencia desposeído de sus derechos, pero en la realidad portador de una bendición (cf. Gn 23,4). Por todo ello Israel irá descubriendo que la tierra es un don de Dios, que no tiene domino exclusivo sobre ella, sino que debe compartirla con otras gentes hacia las que son prescritas unas actitudes éticas concretas: “No vejarás al emigrante” (Ex 23,9). “No lo explotarás” (Dt 23,16). “No defraudarás el derecho del emigrante” (Dt 24,17). “Maldito quien defrauda de sus derechos al emigrante” (Dt 27,19). “Al forastero que reside junto a ustedes, lo mirarán como a uno del pueblo y le amarás como a ti mismo” (Lv 19,34).

Los emigrantes constituyen, junto con los huérfanos y las viudas, la trilogía típica del mundo de los marginados en Israel. Su historia es la de alguien en apariencia desposeído de sus derechos, pero en la realidad portador de una bendición. El periodo fundacional de la historia de Israel y de su constitución como pueblo está marcado por dos movimientos migratorios:

  • Descenso a Egipto de algunos clanes acuciados por el hambre en Canaán (cf. Gn 42,1-8).
  • Éxodo: Dios saca a su pueblo de la opresión de Egipto para llevarle a una tierra “buena y espaciosa”. En la entrega del país de Canaán, Israel vivió la experiencia profunda de la acción salvadora de Dios.

En épocas tardías se asigna a los extranjeros residentes atribuciones que hacen de ellos prácticamente miembros de la comunidad.

La justicia debía ser igual para todos. Otra vez el Señor los hace recordar su historia; no debían ser injustos para con los extranjeros debido a su sufrimiento pasado, ni para vengarse ni para sacar alguna ventaja personal del extranjero. Dios advierte que no pasará por alto cuando alguien se aproveche de la vulnerabilidad de un extranjero.

De suyo la migración es un hecho fundante de un pueblo:               

En diferentes culturas se narran migraciones antes de la formación del pueblo al cual se pertenece. Así, la historia de los aztecas se inicia con la emigración de Aztlán hacia Tenochtitlan, ciudad que fundan. Las cualidades del pueblo y su marco teológico proceden de la experiencia del evento migratorio conducido por su dios y su líder, en el caso mexicano por Huitzilopochtli y por Tlacaélel, respectivamente. Y por su parte, el éxodo es decir la salida de los hebreos de Egipto, es considerado el hecho fundante de la formación del pueblo de Israel.

El punto de partida del éxodo es la opresión, la explotación en el trabajo. Se trata de un descontento generalizado por el maltrato que reciben por parte del gobierno egipcio. Los hebreos no son egipcios oprimidos por egipcios, son extranjeros que trabajan para el Imperio Egipcio. A pesar de que varias generaciones ya se habían asentado, siempre fueron extranjeros.

Todos, pueblos y personas, tienen derecho a inmigrar, pero no a oprimir y discriminar. El hecho de que Israel haya sido extranjero y maltratado era una experiencia fundante y orientadora en el trato con los extranjeros que habitaban en su medio. Las leyes que prohíben el mal trato al extranjero surgieron seguramente porque había menosprecio y maltrato, por eso el pueblo de Israel deberá recordar su condición de extranjero en Egipto, y aún en Canaán. El recuerdo de la identidad de extranjero y su experiencia marca los límites en el ejercicio del poder y permite la relación igualitaria.  

Las migraciones no borran la memoria de la identidad. Está siempre presente y es reiteradamente releída como ingrediente de fortalecimiento y de sentido de pertenencia, frente a los nuevos contextos.  

Ya que el tema de la migración es un asunto candente en nuestros días, es importante hacer algunas observaciones a la luz del texto bíblico:

  • En primer lugar, aunque parezca obvio señalarlo, es necesario recalcar que todo mundo tiene derecho a emigrar e inmigrar, si se desea, para mejorar las condiciones de vida, o para huir de situaciones de muerte.
  • El inmigrante no debe ser maltratado ni discriminado, al contrario, debe ser acogido como huésped, pues todos y todas en alguna medida hemos sido migrantes.
  • Así como los desplazamientos militares son despreciables y marcan el dolor a través de varias generaciones, así también es despreciable llegar a otras tierras y dominar y discriminar a los nativos. Los colonos deberían ingresar con humildad y entrelazar sus sueños con los habitantes del lugar, y recordar que ellos son extranjeros.
  • El recuerdo de que se es extranjero puede marcar los límites de dominación a otros inmigrantes.
  • La existencia explícita de leyes que protejan a los inmigrantes es indispensable para el desarrollo de las sanas relaciones interhumanas.
  • El inmigrante tiene derecho a guardar los recuerdos de su identidad, a alimentarse de sus propias raíces. Esto se facilita si se une a los demás inmigrantes de su cultura, formando “colonias patrias”, y si mantiene algún contacto con su propia lengua, sin complejo de inferioridad, es indispensable. Todo ello le da al inmigrante sentido de pertenencia y le ayuda a enraizarse, el tiempo que quiera, en el lugar que desee.
  • El Dios de la Biblia explícitamente se coloca como aquel que defiende al forastero pobre, al inmigrante que no tiene quien le defienda.

Nuestra realidad en México:

El secretario general de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), Mons. Alfonso Miranda Guardiola, denunció los maltratos y la “fuerza desmedida” aplicada por el Gobierno actual, contra los migrantes centroamericanos en la frontera sur del país. Miles de centroamericanos han abandonado sus países en nuevas caravanas de migrantes. Un gran número de ellos se encuentra en el sur de México con maltratos de parte de México.

La Iglesia en México denunció que la guardia nacional, organismo para combatir la violencia del crimen organizado, se había convertido en un “muro humano” en la frontera sur.

Mons. Miranda Guardiola, hizo un llamado a la sociedad nacional e internacional a solidarizarse con los migrantes, “que en este momento requieren de nuestra ayuda y no de nuestro rechazo. Forzados a salir por el hambre, marginación, falta de condiciones para una vida digna y segura”.

Por último, un hermoso texto que nos habla de la importancia de la hospitalidad para las primeras comunidades. El autor de la Carta a los Hebreos dice: “No olviden la hospitalidad: gracias a ella, algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles” (He 13, 2). El visitante inesperado y no llamado, el extranjero puede ser portador de bendición. Reciban al extranjero, no sea que se queden sin ángel, no sea que dejen pasar la salvación de Dios.

 

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