MISIONEROS ESPERANZADOS Y SOLIDARIOS

Publicado Abril 04, 2020

Por CESC
Comparte en  

Queridos hermanos y amigos. Un saludo cordial desde nuestra Casa Madre.

Motivados por la carta del Padre General recibida el 3 de abril, se nos ha ocurrido completar el anterior saludo del CESC.

A este propósito, quisiéramos recordar tres episodios ya conocidos de la vida de nuestro Padre Fundador: uno al principio de su ministerio presbiteral en Viladrau; el otro, durante su ministerio episcopal en Santiago de Cuba; y el último, durante su exilio en París.

Al volver de Roma, en mayo de 1840, fue destinado como regente a la pequeña población de Viladrau. Todavía se sufrían los duros efectos de la Primera Guerra Carlista (1833-1840). Según palabras del P. Claret: “Aquella población [Viladrau] había sido tan trabajada por la guerra civil, pues que a lo menos había sido saqueada trece veces, había habido sorpresas de unos y de otros, fuegos y muertes…” (Aut. 179). Antes había dicho: “Como Viladrau no era pueblo fortificado, así es que cada rato venían uno y otro partido; y, como los médicos, por lo regular, son hombres de noticias, de aquí es que fueron perseguidos de todos partidos, y así quedó la población sin ningún médico” (Aut. 170). Ante esta realidad apremiante en el campo de la salud, la respuesta del joven sacerdote fue: “Y así me fue preciso hacer yo de médico corporal y espiritual, ya por los conocimientos que tenía, ya por los estudios que hacía en los libros de medicina que me procuré; y, cuando se presentaba algún caso dudoso, miraba los libros, y el Señor de tal manera bendecía los remedios, que de cuantos visité ninguno murió…” (Aut. 171).

El año 1852 fue muy duro para el arzobispo Claret. Desde agosto hasta diciembre, la Isla de Cuba sufrió varios terremotos que provocaron graves destrozos en muchas poblaciones. Además, en octubre, la ciudad de Santiago, de manera especial, comenzó a sufrir una devastadora epidemia del cólera morbo, que llegó a cobrar la vida de 2.734 habitantes. El panorama de la ciudad era macabro: gente que pedía auxilio, abandonada, cadáveres que se amontonaban porque nadie se atrevía a tocarlos. El 20 de diciembre, Claret escribió al Nuncio Apostólico diciéndole: “Dios Nuestro Señor nos prueba por todo estilo, singularmente con terremotos, peste y como si fuera poco, se ha añadido un incendio en esta Ciudad de Santiago, que es la ciudad que más ha sufrido, de modo que por dos veces he suspendido la Misión y Visita, para venir a consolar y asistir a los de esta Ciudad…” (EC., I, 733). Claret interpretó estos acontecimientos como “pruebas” o “castigos”, que Dios permitía para despertar a sus hijos, tal como solía entenderlo la teología popular de aquella época; pero no se quedó en denunciar pecados, sino que su respuesta pastoral no se hizo esperar. Interrumpió de inmediato su visita en Bayamo y viajó al epicentro de los males para consolar a las víctimas. Visitaba dos veces cada día los abarrotados hospitales, consolando, confesando y asistiendo económicamente a los más pobres. Su respuesta no fue aislada, sino que la dio junto con todo el clero, que hicieron piña para actuar prudentemente como buenos pastores; así lo explica en su Autobiografía: “Durante la peste o cólera, todo el clero se portó muy bien día y noche. Yo y todos los sacerdotes estábamos siempre entre los enfermos, socorriéndolos espiritual y corporalmente; sólo uno murió y fue víctima de la caridad…” (Aut. 537). Este héroe fue el P. Juan Pladebella, cuyo contagio no se conoció hasta nueve días después, al morir. Sorprende que en medio de tantos infectados y de la cercanía que el obispo y los sacerdotes tuvieron con ellos, solo muriera un presbítero; prueba de la prudencia y de las medidas de seguridad que supieron aplicar al volcar su celo apostólico.

En París, mientras el anciano arzobispo acompañaba a la Reina Isabel II en el exilio, no pudo quedar indiferente ante una realidad que le impactaba; así lo explicó en una carta: “En ésta [París] los extranjeros necesitan protección, o si no se desesperan, se suicidan (quedé horrorizado el otro día, cuando leí que los que se suicidan en París son 1.200 por año)” (EC., II, 1375). El misionero quedó horrorizado y no pudo quedarse con las manos cruzadas. Podría haberse justificado diciendo que era un anciano cansado o un exiliado; sin embargo, tal como acostumbraba ante los desafíos que encontraba, trató de dar una respuesta eficaz. Así lo explicó en una carta: “Dios N. S. se ha querido valer de mí para fundar unas conferencias de la Sagrada Familia, Jesús, José y María, para favorecer a los españoles, hombres, mujeres y niños, que vengan a ésta [París] de la Península o de América… Por ahora quedarán dos conferencias de la Sagrada Familia: una de señores y otra de señoras, cuyo objeto es amparar, proteger, dar colación a cuantos españoles se presenten…” (EC., II, 1375).

Estos episodios de la vida misionera de nuestro Padre Fundador pueden seguramente iluminar la situación provocada por la pandemia del COVID-19 en la que nos encontramos.

CESC, Vic, abril de 2020

Comparte en  
Visto 84 veces
Pie

CMF

Acceso CMF

Acceso al área reservada para los miembros de la Congregación.

Acceda con la cuenta proporcionada por el Administrador