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¿LA CRISIS O LA GRACIA?

Publicado Agosto 17, 2020

Por P. Eduardus Dosan, cmf

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Ante la pandemia de COVID-19 surgen distintas preguntas sobre el tema de la fe y el quehacer de la Iglesia ante esta situación de crisis mundial que vivimos.

Quiero centrar esta pequeña reflexión donde el evangelista San Mateo relata la huida de José con Jesús y María a Egipto, para obedecer la voluntad del Padre y para entender qué planes tiene él para nosotros.

Cuando ya los sabios se habían ido, “un ángel del Señor se le apareció en sueños a José, y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto. Quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. José se levantó, tomó al niño y a su madre, y salió con ellos de noche camino de Egipto […] Pero después que murió Herodes, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José, en Egipto, y le dijo: Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y regresa a Israel, porque ya han muerto los que querían matar al niño”. (Mt 2, 13-14.19-20).

“José, levántate, huye a Egipto, y permanece allí hasta que recibas otra orden”. Esta disposición providencial era precisa para probar la fe de San José. Eligió un lugar de retiro para que, mediante una incomodidad voluntaria nos enseñara a despreciar las comodidades, quebrantando las rutinas y al mismo tiempo tener la gran oportunidad para reflexionar y así descubrir realmente qué es lo que Dios quiere. Estamos acostumbrados a vivir con proyectos y planes bien ordenados y que las rutinas nos den la certeza y satisfacción por lo que podemos realizar.

Romper los planes o rutinas provoca inquietud, ansias, desesperación y crisis. Esta es la realidad que muchos viven en estos tiempos de crisis de la pandemia COVID-19. Sin embargo, no podemos ver todo como una crisis. Es una gran oportunidad para el camino hacia el silencio interior; para conocerme mejor y cambiar nuestra actitud hacia los demás y recapacitar para mejorar los proyectos que Dios quiere para nosotros y para los demás.

Recordemos que el Ángel no indica cuál será la duración de la estancia en Egipto, porque Dios quiere que cualquiera esté enteramente entregado a su voluntad, incluso estar dispuesto a sufrir el tiempo que a Él le plazca. Esta disposición es favorecida por el alma fiel, porque aún en los casos que sus sufrimientos debieran ser cortos, tendría el mérito de aceptarlos más prolongados. Para nosotros mientras más prolongado sea el tiempo de romper las rutinas, se da más todavía la oportunidad de conocernos, mejorar la relación con los demás y con la creación y la profundidad en la relación íntima con el Padre. No está en los hombres conocer el tiempo y los momentos que el Padre se ha reservado; le basta saber, como consuelo, que están en manos del mejor Padre (Abba). Ante el oleaje generado en nuestra propia vida también nosotros podemos gritar como Pedro: ¡Sálvame, Señor que me hundo! Jesús intervendrá: ¡Tranquilízate! ¡Te tengo en mis manos, no temas! ¿Por qué dudaste? (Cfr. Mt 14, 22-36). O al momento de las tribulaciones, clamar como San Pablo: Nadie me podrá separar del amor de Cristo. (Cfr. Rm 8, 35-39).

Estos tiempos nos invitan a profundizar los relatos y concientizar nuestro desenvolvimiento como católicos, como pastores misioneros, como hermanos y como ciudadanos. Es tiempo que trascienda la presencia de Jesús en todos los niveles y veamos la riqueza de nuestra Iglesia.

Tal vez sea Egipto nuestro corazón que da vida. Para el creyente cristiano, el texto descrito al inicio de estas líneas (Mt 2, 13-14.19-20), nos muestra una parte de la vida de Jesús. Y nosotros, ¿cómo tomamos esa parte? En la actualidad, ¿cuál será el papel de cada cristiano? Egipto fue para José, ¿y para nosotros dónde?

No olvidemos que Dios es un Padre. Dice San Pablo: ustedes no han recibido espíritu de esclavitud para tener miedo a Dios, sino espíritu de hijos, por eso llamamos Abba (Padre) a Dios. (Cfr. Rm 8, 15-17). Y el ser hijos nos llama a vivir profundamente la compasión y el amor como hermanos.

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