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UN MUNDO SIN FRONTERAS

Publicado Septiembre 17, 2020

Por P. Irving Santiago Patraca, cmf.

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Siempre que escuchamos hablar de fronteras, pensamos en naciones o límites que dividen un país, un estado o las diferentes ciudades del mundo.

Pensamos también en filtros y controles migratorios en donde se tienen que presentar documentos para tener un libre tránsito y poder visitar, trabajar o conocer esos territorios. De acuerdo a lo que conocemos estas fronteras pueden ser naturales (ríos, montañas, lagos, etc.) o artificiales (muros, vallas, mallas o murallas). Estas fronteras han servido en algunos casos para delimitar los espacios que tiene una población para realizar sus actividades, sean comerciales, culturales, sociales e incluso religiosas, donde las personas tienen derechos y obligaciones de acuerdo con cada país.

En la Biblia, no existen indicios de prohibir el paso o el acceso de las personas entre una nación y otra, solamente encontramos algunos pasajes en donde se indica cuál es el territorio que corresponde a cada nación o cómo se determinará el límite entre ambas: “Cuando entren en Canaán, estarán en la tierra que les toca en herencia y éstos serán sus límites… Esa será su tierra y los límites que la rodean” (Nm 34, 2.12b). También en la Biblia encontramos cuáles son nuestros deberes como habitantes de un país o como extranjeros (Cfr. Rm 13,1-7).

Como ya se mencionó no se puede prohibir el libre tránsito de las personas como lo hacían antiguamente, pero en este tiempo hemos escuchado constantemente el cierre de fronteras o levantamiento de muros para dividir una población de otra. Algunos pueblos levantaban muros para defenderse de algún pueblo enemigo o de invasores que querían conquistar ese país. Hoy escuchamos levantar fronteras para impedir el paso de personas (migrantes) que buscan conseguir una mejor forma de vida en algún país considerado como potencia.

Como ejemplo, tenemos que el año pasado (2019) en las noticias leíamos que provenían caravanas de migrantes centroamericanos hacia Estados Unidos con la finalidad de obtener un mejor estilo de vida, tanto económico y social o simplemente escapando de la violencia que se vive en sus países de origen, sin embargo, fue constante el llamado de muchas voces que decían y pedían impedir el paso a estos migrantes y cerrar fronteras.

Las fronteras delimitan un espacio, más no deben de ser la barrera para impedir el tránsito entre las personas que necesitan nuevas oportunidades para su desarrollo integral (físico, social, cultural, familiar y de salud). Como muchas veces escuchamos en el Nuevo Testamento, Jesús a pesar de saber que su misión es para los judíos, al final, Él no distinguió entre judíos y paganos (Cfr. Ga 3, 28), mucho menos entre niños, mujeres, viudas y enfermos. Él incluyo a todas las personas como parte de una nueva comunidad en donde no se distinguen las fronteras. Nos llama a ser solidarios con todos los hermanos  que nos necesitan. Como nos lo recordaba San Antonio María Claret, evangelizar un mundo sin fronteras, no poniendo límites, ni restricciones territoriales o de personas.

El Papa Francisco muchas veces nos hace algunas exhortaciones invocando la frase “puentes y no muros” cuando llama a los países a recibir a los migrantes. Él ha señalado durante en su Pontificado que “el cristiano no levanta muros, sino que construye puentes” y también nos hace la invitación a “derribar los muros que nos dividen”. Podemos tener diversas maneras de convivir, diversas formas de pensar, pero toda la humanidad es creada por un mismo Dios y toda la humanidad vivimos en un mismo mundo, por lo tanto no debemos estar ajenos a las necesidades de las personas.

 

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