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MIGRACIÓN Y ACCIONES PASTORALES

Publicado Diciembre 16, 2020

Por P. Juan Manuel Buzo Sánchez, cmf

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La migración puede ser definida como el traslado de población de un lugar de origen o de partida a otro denominado receptor o de llegada.

Este tipo de movimientos se ven mucho en países como México. Existen dos tipos de migración; la interna y la externa. La migración interna es aquella en la que las personas se cambian de entidad, pero siempre dentro del mismo país. En la externa, los emigrantes viajan al extranjero. México padece de ambos tipos de migración, lo vemos en los pueblos originarios y otros sectores de la población y, las causas son diversas; aun en tiempos de pandemia (COVID 19) somos testigos de este movimiento migratorio.

Dios es el primer migrante, pues viene al mundo y se hace hombre. Sabemos que el pueblo de Israel vivió en constante movilidad a veces obedeciendo a Dios o a veces de manera forzada. La Sagrada Familia, los Apóstoles también fueron migrantes. En un encuentro de Enlace de Agentes de Pastoral Indígena (EAPI) se expresó: “La Biblia les da luces de liberación, de unidad, de defensa y sabiduría, así como esperanza para caminar, puesto que cuando el pueblo salía en busca de una mejor vida Dios lo acompañaba y también nosotros sentimos su presencia”.[1]

En el magisterio de nuestra Iglesia Latinoamericana encontramos algunas referencias a este problema, lo señalan como tal, por ejemplo, el Documento de Puebla dedica tres números al tema y dicen que se dan migraciones masivas, forzadas y desamparadas, etc., también comenta que éstas llevan un sentido de desarraigo y las ciudades van creciendo desorganizadamente y es difícil ofrecer vivienda, hospitales, escuelas y también la señala como un fenómeno y problema particular e importante[2],  pero no lo atienden o no hay soluciones reales.

El Documento de Santo Domingo al hablar de la movilidad humana recuerda que el Verbo de Dios se hace carne para unir en un solo pueblo a los dispersos y hacerlos “ciudadanos del cielo”, en clara alusión a las Escrituras. El Hijo de Dios se hace peregrino, como un migrante radicado en una aldea insignificante (Cf. Mt. 2, 13-23; Jn. 1,46). Jesús educa a sus discípulos para ser misioneros y viven la experiencia del que migra y que confían sólo en el amor de Dios.[3]

El Documento de Aparecida dice de los emigrantes que “son igualmente discípulos y misioneros y están llamados a ser una nueva semilla de evangelización, a ejemplo de tantos emigrantes y misioneros, que trajeron la fe cristiana a nuestra América”.[4]

En el Documento Iglesia en América al referirse a los indígenas pide que no haya discriminaciones injustas y pide erradicar todo intento de marginación contra las poblaciones indígenas: respetando sus tierras, atender sus necesidades sociales, sanitarias y culturales, etc. Señala que el fenómeno de la migración se da por la búsqueda de un futuro mejor, la Iglesia consiente de esta situación se esfuerza en desarrollar una verdadera atención pastoral entre ellos. Llama a tener una actitud hospitalaria, a una pastoral integral y una eficaz evangelización.[5]

En una Carta Pastoral de la CEM, se nos hace un llamado a mejorar la manera como promovemos a las comunidades y a las culturas indígenas. Reconocen que toda cultura y etnia son realidades dinámicas que han de desarrollarse en fidelidad a su identidad y apertura. La vida digna es derecho de todo ser humano y en México existen millones de hermanos excluidos del desarrollo, es decir, de pobres. Mencionan que los pobres son los primeros destinatarios de la evangelización, un lugar de encuentro con el Señor y la voz que el Padre escucha y que nosotros pastores (misioneros) tenemos que atender.[6]

Dice el P. Merlos en su libro Pastoral en Crecimiento que la imagen bíblica del pueblo nómada le queda muy bien a la iglesia actual ya que ella debe hacer una incesante travesía por el desierto de los tiempos modernos, avanzando entre la oscuridad y la certeza de la promesa.[7]

La Iglesia posee una experiencia de la movilidad ya que ella misma creció en la diáspora, pero tiene ante todo un fundamento bíblico-teológico que le otorga sentido trascendente al servicio que presta a los hombres. Es más, nuestro ministerio no tiene que viajar muy lejos para encontrar a los sujetos de la misión: ellos han llegado hasta nosotros, abrámosle los espacios para su integración en la comunidad, sobre todo abrámonos a la solidaridad.[8] La Iglesia como sacramento de Cristo en el mundo, se ve continuamente interpelada por realidades que exigen una lectura a conciencia de los signos de los tiempos, aún en estos tiempos difíciles que nos ha tocado vivir. Los migrantes quizás son los nuevos anawin de Yahvé.

Por ello, creo que en nuestra provincia debe de haber una comisión que atienda a los migrantes ya que hoy en día es un fenómeno mundial, y a los migrantes indígenas en especial, quienes se sienten marginados y excluidos de todo proyecto humano.

Propuestas pastorales:

  • Sería bueno, una adecuada preparación para la “salida” del migrante y de los que se quedan.
  • Promover la dignidad de la persona: orientando, apoyando, preparando y previniendo de los posibles riesgos.
  • Garantizar los derechos humanos, sociales, culturales, económicos.
  • Promover la hospitalidad y acogida en nuestras parroquias o comunidades como una herencia bíblica (“tenderles la mano”).
  • Fomentar la economía solidaria entre los pueblos, organizaciones…
  • Abrir centros de atención al migrante en las parroquias o comunidades o canalizarlos a donde ya existen.

Que la Iglesia o Provincia se siga acercando a ellos, viéndolos como sujetos y protagonistas de sus culturas, de su historia y de su evangelización.

[1] op. Cit. EAPI Nómadas del tercer milen… 28.

[2] Cf. DP 29, 71, 419.

[3] Cf. DSD 186.

[4] Cf. DA 377.

[5] Cf. EC 110-111.

[6] Cf. CEM, Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos, México 2000.

[7] Cf. MERLOS, A.,F., Pastoral en crecimiento, Palabras ediciones, México, sin año, p. 34.

[8] ALVAREZ M., El éxodo se vuelve pascua en: voces, México 2006, p. 34

 

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