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LA PALABRA DE DIOS ANTE LA REALIDAD DE LA MIGRACIÓN

Publicado Abril 17, 2021

Por P. Vicente Cancino Ordóñez, cmf

Migremos ideas que busquen siempre el bien común, la justicia y la paz; migremos amor, donde hay odio; migremos gestos que hablen de la presencia de Dios en nuestras vidas.

Todo el Antiguo Testamento es una palabra dirigida a emigrantes y exiliados, a gente que conoce por experiencia la dureza de ser extranjero o emigrante forzado. “Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto…” (Dt 26, 5); así se identifica Israel en una de sus profesiones de fe más antiguas. De hecho, el periodo fundacional de la historia de Israel y de su constitución como pueblo está marcado por dos movimientos migratorios, por un lado, el descenso a Egipto de algunos clanes apurados por el hambre en Canaán (cfr. Gn 42,1-8). Y por otro, el éxodo, cuando Dios saca a su pueblo de la opresión en Egipto (cfr. Ex 3,8).

El Nuevo Testamento también evidencia la influencia de la migración, incluso, toca la vida de Jesús. Lucas narra su nacimiento fuera de la ciudad: “Porque no había sitio para ellos en la posada” (Lc 2,7). Mateo presenta la infancia de Jesús bajo la experiencia dramática de una emigración forzada (cfr. Mt 2, 14-15). También descubrimos que Jesús pasó su vida pública como itinerante recorriendo pueblos y aldeas (cfr. Lc 13,22; Mt 9,35). Incluso ya resucitado, pero todavía extranjero y desconocido, se apareció por el camino de Emaús a dos de sus discípulos que lo reconocieron al partir el pan (cfr. Lc 24,13-35).

Con este esbozo, pero ahora ubicados en el tiempo que este siglo nos presenta, hemos ido descubriendo que las migraciones son un elemento esencial de la vida de los pueblos y sin duda, un principio constitutivo de la historia de la humanidad. Dicho esto, no es menos cierto que estos procesos migratorios han alcanzado dimensiones globales gracias a los asombrosos y fulgurantes adelantos en el campo de las comunicaciones y los medios de transporte. La información y las personas pueden surcar hoy el planeta en un abrir y cerrar de ojos. Esta situación era inimaginable hace menos de un siglo. La Globalización ha creado un caldo de cultivo especial para el desarrollo de los procesos y flujos migratorios a nivel mundial.

Si bien, los adelantos tecnológicos han favorecido los desplazamientos, pero esta pandemia nos ha hecho repensar muchas cosas. No son pocos los problemas con los que se encuentran quienes a diario transitan buscando un mejor futuro para sí y sus familias (como lo vivió el pueblo de Israel), empezando porque algunos regímenes políticos o planteamientos económicos liberales sostienen que hay que evitar a toda costa la llegada de personas migrantes; suscitando miedo y alarma, incluso limitando la ayuda a países pobres, de modo que toquen fondo. Lo que no advierten es que hay muchas vidas que se desgarran (cfr. Fratelli Tutti, 33).

Ante tales situaciones, como hijos del mismo Padre, que ha creado todos los seres humanos iguales en los derechos, en los deberes y en la dignidad estamos interpelados a promover la solidaridad fraterna, la fraternidad universal, evitando fundamentalismos y a toda costa la discriminación, el odio y la violencia, incluso al interior de la comunidad o de nuestra familia.

No podemos olvidar que nosotros mismos seguimos siendo migrantes, porque estamos en constantes desplazamientos, por tanto, migremos valores que hablen de nosotros andariegos proféticos como nuestro fundador. Migremos ideas que busquen siempre el bien común, la justicia y la paz; migremos amor, donde hay odio; migremos gestos que hablen de la presencia de Dios en nuestras vidas. Migremos como comunidad, como familia al encuentro de quien nos necesita, porque todos somos hermanos.

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