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Testigos de arraigo en Cristo y audacia en la misión

Testigos de arraigo en Cristo y audacia en la misión

  • Fecha: 27-12-2021
  • Autor: P. Carlos Sánchez Miranda, cmf

Hoy celebramos la memoria litúrgica de los Beatos Felipe de Jesús Munárriz Azcona, presbítero, y compañeros, religiosos y mártires.

Como sabemos, esta memoria obligatoria conmemora conjuntamente a los 184 mártires claretianos que han sido beatificados hasta ahora. Recordamos, pues, siguiendo el orden cronológico de beatificaciones, a los 51 mártires de Barbastro (25 de octubre de 1992), al P. Andrés Solá Molist (20 de noviembre de 2005), a los 23 mártires beatificados en Tarragona (13 de octubre de 2013) y a los 109 beatificados en Barcelona (22 de octubre de 2017). Junto a ellos, celebramos también el recuerdo de la Beata María Patrocinio Giner, misionera claretiana, mártir (beatificada el 11 de marzo de 2001).

Recordemos también a todos aquellos hermanos nuestros cuyo martirio tuvo lugar durante la Guerra Civil Española (1936-1939) y que por razones varias no ha podido ser reconocido hasta ahora. Sin olvidar a otros dos tan famosos entre nosotros como el P. Francisco Crusats, primer mártir de la Congregación (1868), y que causó la admiración y la santa envidia del P. Claret; y al P. Rhoel Gallardo, filipino (2000), cuyo proceso de beatificación ha sido recientemente incohado.

La razón determinante para elegir el 1 de febrero como fecha de la memoria fue la de hacer coincidir la memoria de los Beatos Mártires con la fecha del atentado que Claret sufrió en Holguín (Cuba) el 1 de febrero de 1856. Aunque nuestro Fundador no murió mártir, como era su deseo, su espiritualidad misionera está transida del deseo de configurarse con el Cristo que sufre y muere por amor. Por eso, el derramamiento de la sangre en Holguín tuvo un gran significado para él: “No puedo yo explicar el placer, el gozo y alegría que sentía mi alma, al ver que había logrado lo que tanto deseaba, que era derramar la sangre por amor de Jesús y de María y poder sellar con la sangre de mis venas las verdades evangélicas” (Aut 577).

La celebración litúrgica de la memoria de los Mártires Claretianos, después de la celebración del XXVI Capítulo General, nos invita a acoger de forma especial las primeras palabras de la exhortación post-capitular: “Querida Congregación, arráigate en Cristo y sé audaz en la misión” (QC 1). La vida de nuestros hermanos es un hermoso e interpelante testimonio de arraigo y audacia. Ellos no podrían haber entregado sus vidas con la libertad y la valentía con que lo hicieron, si no hubieran estado profundamente unidos al Señor.

En el diseño de la segunda parte del sueño que Dios inspiró a la Congregación durante el último Capítulo General, se dice: “Inspirados en el testimonio de nuestro Fundador y de los mártires, la Palabra de Dios, de la que somos oyentes y servidores (cf. CC 34, 46), es la luz y el motor de nuestra vida misionera” (QC 52, a). Tanto la vida de nuestro Padre Fundador como la de nuestros Mártires nos remiten de forma inmediata a la Palabra de Dios como la fuente en la que se nutrieron. En ella encontraron la luz que los atraía para vivir arraigados en Cristo y los liberaba de la idolatría de amar más la propia vida. En ella encontraron la luz que aclaraba sus dudas y temores hasta mostrarles que su fragilidad era el espacio en el que podían acoger la fortaleza de Dios. Al mismo tiempo, la Palabra fue el motor que los lanzaba a ser valientes testigos del Señor. No buscaron justificaciones para escapar de las difíciles circunstancias que les tocó vivir; al contrario, en medio de ellas, descubrieron que no había amor más grande que dar la vida por los amigos, tal como lo hizo el Señor. Nuestros hermanos Mártires nos recuerdan que ninguna circunstancia puede justificar la cobardía ni la mediocridad; al contrario, cuando vivimos centrados en Dios inevitablemente saldremos de nosotros mismos para encaminarnos a las periferias que más necesitan de la luz del Evangelio.

El título del documento post-capitular nos recuerda el profundo amor que nuestros mártires tuvieron por nuestra Congregación. Precisamente el documento inicia con las famosas palabras con que uno de los Beatos Mártires de Barbastro, ya próximo a la muerte, se dirigía a ella llamándola amorosamente: “Querida Congregación”. Para todos ellos, no se trataba de una fría institución religiosa; más bien, la consideraban su “madre querida”, en la que habían aprendido a conocer y a seguir a Jesús al estilo de Claret. Se sentían parte de una familia que los amaba y a la que amaban intensamente. Emociona escuchar esta cariñosa manera de referirse a la Congregación. Al mismo tiempo, estas palabras se convierten en una interpelación que cuestiona cómo estamos nosotros viviendo hoy nuestro sentido de pertenencia congregacional. ¿Siento a los hermanos que Dios me ha dado como mi “Querida Congregación”? ¿Qué tipo de relación fraterna mantengo con estos hermanos de carisma y misión? ¿Mi comunidad real y concreta es un espacio “querido” que cuido y cultivo? Nuestros mártires nos estimulan a vivir esta fraternidad centrados en Cristo y la misión.

Encomendamos a la intercesión de los Beatos Mártires Claretianos a toda la Congregación para que sigamos acogiendo el sueño de Dios y nos comprometamos a cumplirlo con fidelidad.