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Discurso de clausura del XXVI Capítulo General

Publicado Septiembre 11, 2021

Por P. Mathew Vattamattam, cmf

Queridos hermanos,

Leemos en el Salmo 127:1: "Si Yahveh no construye la casa, en vano trabajan los constructores; si Yahveh no vigila la ciudad, en vano permanece despierto el vigilante".

A menos que un claretiano esté arraigado en Cristo y permita que Dios sea audaz con nuestras vidas, nuestros compromisos serán frívolos. La propia experiencia del Capítulo en estos tiempos de pandemia ha sido una manifestación del Señor llevándonos de la mano.

La vida de nuestro Fundador es un ejemplo de cómo el arraigo y la audacia están interconectados. El mismo día de la Fundación preparó a sus compañeros para una vida extraordinaria por delante invitándoles a meditar en el Salmo 23 que dice: "Aunque camine por el valle más oscuro, no temo ningún mal, porque tú estás conmigo; tu vara y tu cayado, me confortan". La congregación dio a luz a audaces misioneros de la Iglesia por su arraigo al Señor.

La preparación y la celebración de este Capítulo fueron diseñadas para ser un viaje juntos de transformación. Descubrimos que a través de conversaciones generadoras en presencia del Señor sobre lo que ha estado sucediendo en y alrededor de nosotros y encontrando la luz de su Palabra para iluminarnos sobre ellos, y siendo alimentados por la Eucaristía, tenemos nuestros corazones ardiendo y nuestro entusiasmo por la misión encendido. Descubrimos la verdadera belleza y la alegría de nuestra vocación misionera.

Llegué al Capítulo con sentimientos mixtos y con una creciente falta de voluntad para aceptar cualquier responsabilidad. La voz humana que había en mí me repetía: "basta, sé libre para hacer lo que te gustaría hacer como claretiano. Para qué quemarse los dedos otra vez". Aunque había en mí alegría y gratitud por todo lo que el Señor estaba haciendo en nuestra Congregación y por la maravillosa vida de la mayoría de nuestros hermanos, estaba acumulando una cantidad de cargas y resentimientos que no he desempacado lo suficiente ante el Señor. En la ajetreada fase de preparación del Capítulo, pensaba que estaba bien y que tenía que ser fuerte, el Tarzán que había en mí seguía aguantando. Los tres días de retiro me ayudaron a desempacar los misterios alegres y dolorosos de mi propia vida misionera. Mi compañero de camino en Emaús me ofreció la presencia de Jesús para desahogar mi corazón y ver desde la distancia la locura de mi forma de llevar la cruz. Estuve presente en su dolor, y creo que ambos sentimos al Señor en medio de nosotros. 

Permítanme compartir sobre mis propios procesos de transformación que he vivido durante la preparación y celebración del Capítulo. Fueron quizás más conceptuales que reales y nosotros (incluyéndome a mí) queríamos que ocurrieran externamente en la Congregación en marcha, en las comunidades y en la espiritualidad y la formación. El sujeto era yo y nosotros, y el objeto era la congregación y la misión en abstracto.

Mi viaje de transformación durante el Capítulo tocó los tres niveles y hubo un forcejeo de mi ego con el Señor y su Palabra.

La primera lucha fue dejar de lado mi necesidad de que todo salga como lo hemos planeado. La Pandemia nos dio una gran lección y nos invitó a entrelazar nuestra historia con los designios del Señor para nosotros en lugar de limitarnos a llamar al Señor para que bendiga nuestros designios. La dificultad para mantener conversaciones en persona, los obstáculos para conseguir el visado para unos 16 de nuestros hermanos y la inesperada aparición del virus en la comunidad del Capítulo no estaban en nuestros planes. En el centro de todo el viaje estaba la presencia invisible, no del virus, sino la presencia permanente del Señor Resucitado y la abundancia de su amor que se derramaba a través de los acontecimientos y del corazón de nuestros hermanos.

Aprendí que no tenemos que tener el control de todo lo que sucede, sólo tenemos que caminar con el Señor de la Historia y escuchar su palabra pronunciada de múltiples maneras. Dios es Amor y el amor sucede y no se produce. Somos amados inmensamente e incondicionalmente, y caminar en el amor de Dios hace toda la diferencia.

El amor es ver las cosas de otra manera, ver a través de los ojos de Dios. Abre nuevos horizontes de vida y de misión. Creo que esta es la contemplación que nos pide el Papa Francisco. Nuestro compromiso de permanecer arraigados en Cristo es el fundamento de todos los demás compromisos. ¿Nos comprometemos a dar tiempo y energía para permanecer diariamente anclados en el misterio de Trinidad de las relaciones? He visto la diferencia que supone en la vida de muchos claretianos.  

La vida claretiana está enraizada en nuestro carisma, don de Dios a la Iglesia que nos une en una sola familia. Estamos unidos en comunidad por el amor de Dios y el amor a nuestros hermanos derramado en nuestros corazones (CC 10). El amor genera proximidad, generosidad y sacrificio de cada uno de nosotros, y compasión y ternura hacia los demás. Lo hemos experimentado durante el Capítulo. Admiro el generoso compromiso de nuestro comité de redacción, los moderadores, los facilitadores, el equipo de comunicación, la secretaría, el equipo de logística y otros. Han dedicado muchas horas extra cada día para el buen funcionamiento del Capítulo. Pienso en la Hna. Jolanda, una Superiora General responsable que dedicó un mes fuera de su Congregación para estar con sus hermanos y en la comunidad que le dio ese espacio.  Cuando amamos, no contamos el costo. La auténtica audacia nace del amor y actúa sin trompetas.

Las malas hierbas que ahogan la generosidad son a menudo los troncos en nuestros ojos que distorsionan la visión y deforman la imagen de Dios en el otro. Necesitamos audacia para bajar de los asientos de juicio desde los que evaluamos a cada hermano, hermana y cada acontecimiento según los propios criterios. En el proceso del Capítulo también hubo malas hierbas en diferentes formas, como juicios generalizados y expectativas frustradas que a veces impedían que la semilla floreciera, pero el amor y la paciencia podían ocuparse de ellas. Pienso en nuestras comunidades y en la dinámica de nuestras relaciones, donde las malas hierbas de los juicios, los chismes y los prejuicios ahogan la capacidad de las conversaciones generativas. Necesitamos audacia para aprender y practicar una comunicación compasiva y empoderadora entre nosotros y con los demás, especialmente con los que piensan y actúan de forma diferente a nosotros.

Nuestro servicio misionero está enraizado en el amor a la Iglesia y al pueblo de Dios, especialmente a los hermanos más vulnerables. De ese amor surgen apostolados audaces. ¿Somos capaces de ver en el rostro de nuestros hermanos y hermanas la imagen de un Dios amoroso y de amarlos con el corazón de Dios? En esa profundidad no hay lugar para la mundanidad espiritual, el clericalismo y los abusos sexuales o financieros. Los virus mortales que desfiguran a la humanidad son virus espirituales y mentales que paralizan la mente y el corazón humanos y crean sistemas que normalizan la corrupción y la explotación de las personas y de la creación. Como son invisibles, necesitamos herramientas adecuadas para detectarlos y desactivarlos desde nuestro propio corazón. Nuestras Constituciones ofrecen muchas de ellas.

Los compromisos audaces tendrán lugar en cada contexto cuando seamos capaces de soñar juntos el sueño de Dios para nosotros, de discernir los designios en el Espíritu de Cristo como hemos hecho en este Capítulo.

Queridos hermanos, estamos al final del XXVI Capítulo General. Como he dicho en mi carta de anuncio del Capítulo, es más una responsabilidad que un privilegio representar a vuestros Organismos, aunque algunos privilegios vienen con ello como conocer a nuestros hermanos de otras partes del mundo o conocer al Papa personalmente.

El Capítulo cumple su misión en la medida en que sus efectos nos transforman a cada uno de nosotros y en la eficacia con que transmitimos ese proceso transformador a nuestros Organismos Mayores. Desde esa zona se planifica y coordina eficazmente nuestra vida y misión como auténtica respuesta misionera a nuestro tiempo.

Os invito a saludar a cada uno de los miembros de vuestra comunidad, a la familia claretiana y a los laicos que trabajan juntos en la misión compartida con vosotros y a darles el cordial saludo mío y de la comunidad capitular. Por favor, en mi nombre, ofrece un cálido abrazo a los claretianos mayores con el debido respeto a los protocolos covídeos. Decidles que compartimos sus sueños y nos sentimos animados por sus sacrificios y su oración. Saludad a los jóvenes claretianos en vuestras comunidades y a los formandos en las casas de formación y compartid la alegría de nuestra vocación y misión compartidas e invitad a todos nuestros hermanos que misionan en diferentes plataformas de evangelización a unirse para tejer una hermosa historia del amor de Dios por la humanidad a través de la vida y la misión claretiana en el mundo. Aunque pequeños en tamaño, Dios puede hacer grandes cosas a través de nosotros en la Iglesia.

Cerramos ahora las sesiones capitulares y concluimos el Capítulo con la Santa Eucaristía presidida por nuestro querido hermano y cardenal Aquilino Bocos.

 Encomendémonos a nosotros mismos y a nuestro camino hacia adelante con el descubrimiento, los sueños, los diseños y los compromisos que hemos hecho durante el Capítulo al Corazón de nuestra Santísima Madre que nos acoge, a sus hijos, en la fragua de su corazón y nos acompaña en nuestra vida y misión. Nos fortalece la intercesión de nuestro Fundador y hermanos mártires y de los claretianos llamados a la casa del Padre.

Glorificamos a Dios Padre, Hijo y Espíritu con toda nuestra vida.

Mathew Vattamattam, CMF

General Superior

11 de septiembre de 2021.

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Cumpleaños

ORDENACIÓN

ANIV. PROFESIÓN

Aniversarios

07 P. Ernesto Mejía Mejía
17
P. Macario Sánchez Vargas
21
P. Miguel Angel Portugal Aguilar

Necrologio

04 1902
R.P. José Prim Boet
04 1987
R.P. Hipólito Peláez Fresno
05
1968
R.P. Mariano Alvarez López
07 1961 Hno. Narciso Blanco Alonso
08 1903
R.P. Carlos Rabaza Peralez
11
1951 R.P. Mariano Comesías Sierra
12 1960 Hno.Fernando Santesteban Urra
16 1996 R.P. Marcelino Aydillo San Martín
19 1917 R.P. Emilio Isart Puiggros
27 1973 R.P. Juan José Campos Oritz
30 1924 R.P. Domingo Herrero Lorente

 

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